viernes, 8 de marzo de 2013

LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y LA NUEVA ANATOMÍA DE UN CAPITALISMO EN EXPANSIÓN.


Las bases del crecimiento económico e industrial se vieron profunda­mente transformadas durante la Gran Depresión. La competencia entre empresas y entre países industriales se incrementó, y fue el incentivo de importantes innovaciones tecnológicas y cambios en la organización del trabajo industrial.
La Gran Depresión de 1873-1896 condujo a un proceso de concentra­ción industrial y financiera que pretendía eliminar la competencia y crear monopolios de un mercado determinado o el control de la mayor parte de él, hecho que terminaría traspasando las fronteras nacionales. Surgieron asociaciones de empresas en las que se tomaban acuerdos so­bre producción, precios y reparto del mercado internacional.

El progreso técnico y las innovaciones tecnológicas


Durante la segunda revolución industrial se intensificó la relación entre investigación y empresa, la ciencia se pone al servicio de la producción. La figura del ingeniero sustituye al inventor, las patentes se convierten en mercancías cotizadas por las empresas y los estados fomentan la ciencia aplicada en su sistema educativo y universitario (politécnicas). 
El empleo de nuevos materiales y de nuevas fuentes de energía transformó radicalmen­te la industria. Las viejas tecnologías del vapor y del hierro fueron susti­tuidas por los nuevos procedimientos de fabricación de acero y por la utilización de la energía eléctrica y del petróleo. 
La energía eléctrica transformó las formas de trabajar y la vida cotidiana de buena parte de la humanidad. En 1878, Edison fabricó las primeras bombillas con un filamento de carbono. Dos años antes, Graham Bell conseguía transmitir a distancia la voz humana mediante el teléfono. En la primera década del siglo XX, se transmitió el primer mensaje hablado por radio. 

El petróleo, refinado en forma de gasolina, era el combustible necesario para los nuevos motores de explosión que utilizaban los revo­lucionarios medios de transporte: automóviles, buques de acero y aero­planos. La extracción de petróleo en Estados Unidos pasó de dos millo­nes de barriles en 1865 a 265 millones en 1914.
 Se puede considerar a la segunda revolución industrial como la "era del acero", porque una de las innovaciones más importantes fue la produc­ción de acero a bajo coste. Gracias a la utilización de los procedimientos Bessemer y Martin-Siemens, la producción de acero en Gran Bretaña, Francia, Alemania y Bélgica pasó de 400000 toneladas en 1870 a 32 mi­llones de toneladas en 1913; los progresos en Estados Unidos fueron to­davía más rápidos.

La calidad del acero, que sustituyó al hierro, permitía innumerables apli­caciones. Su amplia difusión, así como la de los metales no ferrosos (ní­quel y aluminio) a partir de 1880, hizo que la antigua estructura de la in­dustria pesada quedara obsoleta. La demanda militar orientó gran parte del sector hacia la fabricación de nuevas armas (fusiles, pistolas) o a las gigantescas piezas de acero para la flota y para la artillería.

La industria química creció de forma tan fulgurante como sus innumera­bles aplicaciones: abonos para la agricultura, nuevos componentes para la fabricación de papel, medicamentos, materiales plásticos, explosivos, etc.
La industria mecánica se disparó cuando la población civil accedió al mer­cado. El desarrollo de la máquina de coser, la máquina de escribir, la bici­cleta y el automóvil tuvieron en sus comienzos un consumo minoritario, pero estaban destinados a un consumo masivo, para lo cual tuvieron que reducir su precio hasta un nivel más asequible. Fue el popular y barato modelo "T" de Ford (1907) el que revolucionó la industria del automóvil, y no el minoritario y caro Rolls-Royce. En 1914, dos millones de automó­viles circulaban por el mundo, la mitad de ellos en Estados Unidos.

La generalización de cada uno de los nuevos inventos que caracterizan a la segunda revolución industrial y su repercusión en otros procesos de fabricación transformaron el marco económico. Dos ejemplos de nuevos productos que alcanzaron un consumo masivo fueron la aspirina (1899) y la aspiradora (1908). La venta a plazos apareció en estos años para ha­cer posible que sectores de escasos recursos pudieran comprar produc­tos de alto precio.







Nuevas formas de organización del trabajo. 

La producción masiva de artículos hizo necesaria una mayor concentra­ción del trabajo en grandes centros fabriles. La nueva organización del trabajo adjudicaba a los trabajadores una tarea fija y repetitiva en alguna fase de la cadena productiva. F. W. Taylor (1856-1915) fue quien introdu­jo la racionalización y la "gestión científica" del trabajo, es decir, la sepa­ración de las funciones de planificación y dirección de las de ejecución. Este nuevo sistema de trabajo, conocido como taylorismo, fue contempo­ráneo de la segunda revolución industrial, impulsada por el capitalismo.

Esta "racionalización" del trabajo buscaba el incremento de la productividad vía trabajo, por tanto, acentuaba la división social y técnica para evitar "tiempos muertos", se individualiza el trabajo y se destruye la relación entre trabajo y creatividad (fin de relación entre concepción y ejecución del producto artesano, eliminando la dimensión artística y creativa del trabajo) dando una vuelta de tuerca a la deshumanización del trabajo.

La nueva organización de la empresa y su aumento en dimensión provocó la aparición de la dicotomía entre producción y gestión (comercialización, publicidad, etc) , entre fábrica y oficina provocando una segmentación entre trabajadores cualificados y no cualificados, trabajo manual e intelectual, entre trabajadores de cuello blanco y cuello azul. 

El gran impulso de los transportes y las comunicaciones. Una nueva relación entre el espacio y el tiempo. 

¿Piensas que es casual que Julio Verne publicara en 1872 La vuelta al mundo en ochenta días
Durante la segunda mitad del XIX y primera décadas del XX, la expansión del ferrocarril y de la navegación a vapor se vio acompañada por la aparición del tranvía, del metro, la bicicleta, el automóvil y la incipiente aviación. Así mismo, hubo un espectacular avance en las telecomunicaciones. 

El progreso en los transportes y las comunicaciones tuvo intensos efectos económicos y sociales: facilitó la integración y la especialización de los mercados continentales y transoceánicos y también explica  el crecimiento del comercio internacional y de las migraciones generalizadas.

En el ferrocarril los progresos técnicos de la segunda mitad del XIX convirtieron al ferrocarril en el "rey de los transportes". La sustitución del hierro por el acero permitió aumentar la resistencia de los raíles y la capacidad de los vagones. Se incrementó la velocidad y la seguridad, de igual modo el tonelaje. 
Hacía 1870 se hallaban en pleno funcionamiento las grandes redes ferroviarias continentales que unificaron los mercados nacionales tanto en Europa como en Estados Unidos.

En el transporte marítimo la navegación a vapor se acabó imponiéndose. Desde 1865 el barco a vapor sustituyó a los barcos a vela (clippers) por dos razones:
a) Las innovaciones técnicas implicaban la sustitución del casco de madera por el de acero,  y de las palas por la hélice ya que disminuían los costes al permitir el aumento de la carga en mercancías y pasajeros. 
b) La apertura de los canales de Suez (1869) y de Panamá (1914) acortó las distancias y redujo tarifas.




Además, las innovaciones técnicas en la refrigeración permitieron el transporte de carne y otros productos agrarios refrigerados desde América a Europa y viceversa en las bodegas de los barcos.


El nacimiento del automóvil está ligados al desarrollo de dos inventos: el motor de explosión movido por gasolina y el neumático. También en esta época la aviación inició sus primeros pasos con la invención del aeroplano por los hermanos Wright a comienzos del XX. Pero su desarrollo no llegó hasta la Primera Guerra Mundial que estimuló el desarrollo de la aeronaútica por razones militares.

Por otro lado, a fines de siglo los tranvías y los ferrocarriles eléctricos subterráneos mejoraron el trafico interior y cambiaron la fisonomía de las ciudades. 
En el último tercio del XIX se logró un invento de transcendencia tecnológica y social notable: la bicicleta. 

En las comunicaciones los progresos fueron notables. El teléfono y la telegrafía sin hilos permitieron una transmisión casi instantánea de las noticias, y no tardaron en ser utilizados por las grandes empresas y firmas comerciales, en la banca y la bolsa.
Las innovaciones técnicas en la prensa y las artes gráficas abrieron paso a la prensa de masas y la consolidación de las empresas informativas. 

La concentración de empresas

Las necesidad de capitalización de las empresas conlleva la generalización de las Sociedad Anónimas como forma jurídica de las empresas y de la Bolsa como médio de financiación. a través de la venta de acciones. Sin embargo, el fenómeno más relevante del capitalismo finisecular es la concentración empresarial y las estrategias para conseguir el monopolio. 
Los cárteles y los trusts son las principales formas de asociación de capi­tales y empresas. Los cárteles son acuerdos entre empresas que fabrican el mismo producto con el fin de fijar precios o salarios y eliminar o re­ducir la competencia. Los trusts se forman a partir de la fusión de em­presas dedicadas a una misma actividad (fusión horizontal) o a las dis­tintas fases de un mismo proceso productivo (fusión vertical).


Estas gigantescas concentraciones empresariales se desarrollaron espe­cialmente en Estados Unidos y en Alemania. Cuando el estadounidense Rockefeller fundó la Standard Oil Company, en 1870, comenzó refinando el 4% del petróleo de su país; diez años después, controlaba el 90% de la producción y de las exportaciones del sector petrolífero. El grupo alemán AEG se repartía el mercado mundial de productos eléctricos con la General Electric estadounidense. La Banca PJ. Morgan representaba la mayor concentración de capital financiero en Estados Unidos, al igual que el suizo Ritz controlaba numerosas empresas hoteleras en Europa y en Norteamérica. La industria del automóvil se concentró con rapidez, y las grandes empresas pioneras han llegado hasta hoy: Renault, Ci­troen, Benz, Ford, etc.
El poder de algunos de estos trusts superaba al de los propios gobier­nos, y algunas potencias industriales, como Estados Unidos, promulga­ron leyes antitrust, que dificultaban o prohibían su creación.



Desarrollo del sistema financiero. 

En la segunda mitad del siglo XIX el crecimiento económico fue acompañado de un aumento de los medios monetarios disponibles, de un circulación monetaria más rápida y de una expansión sin precedentes.

En todos los países industriales el uso de los medios bancarios de intercambio (cheques, letras, pagarés,etc) se amplió en detrimento de la circulación de billetes. Creció el número de depósitos bancarios y las agencias se multiplicaron estimulando el ahorro y la inversión. Los bancos experimentaron también un proceso de concentración paralelo al de la industria y se formaron poderosos grupos bancarios que superaban el estrecho marco nacional y abarcan un ámbito mundial.

Por otro lado, la concentración industrial requería una aportación de capitales cada vez mayor. Las cuantiosas sumas necesarias para formar un consorcio industrial obligaban a disponer de un banco o de un grupo de bancos que garantizasen la incorporación de capital que se necesitaba. 

La participación de los bancos en la industria se realizó a través de los bancos de negocio, cada vez más especializados en el préstamo a largo plazo a empresas y que negociaban en bolsa con valores industriales. 

En esta situación, los bancos querían supervisar la marcha de las industrias en las que habían arriesgado sus capitales y ello propició que entrasen directamente a gestionar las industrias en las que tenían participación. Por su parte, también los capitalistas industriales querían estar representados en los bancos para controlar las inversiones. Así, un mismo grupo de grandes capitalistas controlaba estos dos sectores económicos fundamentales. Esta unión del capital industrial y del capital bancario abrió paso en esta etapa al denominado capitalismo financiero. 

La suma de capital financiero y concentración industrial generó un capitalismo monopolista y financiero, en el que el peso, no sólo económico, sino también político, de un grupo reducido de capitalistas es cada vez mayor. Este capitalismo tuvo dos grandes incidencias:

a) Las grandes empresas controlaron el mercado y los precios, en definitiva, haciendo disminuir la competencia pensaban eliminar las crisis de sobreproducción.

b) Estas grandes empresas y bancos tuvieron fuerte presencia directa en la política, muchos miembros de los consejos de administración de las empresas también fueron miembros de partidos, ministros e incluso presidentes del gobierno. Sí a ello le sumamos las necesidades de financiación de los Estados la situación de dependencia se incremento. En Estados Unidos se promulgaron leyes antitrust en 1890 (Ley Sherman), sin embargo, las leyes no pudieron contener estos grupos de presión que orientaron inversiones estatales, aventuras coloniales y, desde entonces, encontraron en la financiación de los partidos el principal mecanismo para corromper la política. 

La integración de los mercados de capital.

El desarrollo de un sistema bancario muy especializado y de instituciones financieras hizo posible un gran movimiento de capitales y de inversiones a escala mundial. Las exportaciones de capital procedieron procedieron de Europa occidental, principalmente del Reino Unido. Londres fue el centro financiero mundial hasta 1914. También Francia y Alemania fueron grandes prestamistas. 
Los capiteles se invertían en países en los que se obtenían mayores rendimientos por lo invertido. Por ello, las inversiones de capitales europeos se dirigieron a América, Rusia y los propios imperios coloniales.



El proteccionismo económico y las transformaciones del comercio internacional. 

A lo largo del siglo XIX, el comercio internacional experimentó un notable crecimiento, que llegó a superar el crecimiento de la producción industrial. El valor de los intercambios de 1913 era 25 veces superior  al de 1820. Y este incremento del comercio se produjo a pesar de que tras una breve fase librecambista 1860-1880, la mayor parte de las potencias (salvo el Reino Unido) adoptaron una política proteccionista encaminada a fomentar el crecimiento de sus nacientes industrias. 

El proteccionismo es un nacionalismo económico que defiende los productos del país frente a la competencia de los del extranjero. Este proteccionismo consistía en elevar los aranceles aduaneros, es decir, im­poner una tasa que debían pagar los productos importados. La compe­tencia entre las distintas economías nacionales y la rivalidad entre las grandes potencias llevó a que los gobiernos defendiesen la producción y las industrias nacionales, y a que la mayor parte de ellos tomara medi­das fuertemente proteccionistas.
En principio, todos los países europeos (con la excepción de Gran Bre­taña) aumentaron las tasas que se aplicaban a los productos agrarios, ya que, si se permitía su entrada con precios más bajos, se provocaba la ruina del sector agrario. Pronto se fueron ampliando las barreras protec­cionistas a los sectores industriales: textil, metalúrgico, minero, etc. Ale­mania, Francia, Italia, España y Rusia aplicaron esta política.

A pesar de este fenómeno proteccionista coyuntural, en términos globales el dinamismo del comercio se mantuvo gracias a varios factores:

a) El descenso de los precios de los productos gracias a los nuevos métodos de producción.
b) La revolución de los transportes que redujo la relación espacio-tiempo e integro mercados nacionales e internacionales.
c) El desarrollo de un sistema monetario internacional que descanso en la aceptación por las principales potencias económicas de Europa occidental y Estados Unidos el patron-oro.
Europa dominó los intercambios internacionales con el resto del mundo e implantando un modelo de intercambio desigual entre países industrializados y no industrializados, origen de la desigualdad Norte-Sur actual. Europa importaba materias primas (algodón, lino, hierro, cobre, plomo) y alimentos, que representaban el 40% del comercio mundial, y exportaba sus productos manufacturados (textiles, bienes de equipo). La relación es evidente, el bien tiene un valor añadido, ese valor es la base del beneficio.