domingo, 10 de marzo de 2013

LA EXPANSIÓN IMPERIALISTA EN ASIA




El interés europeo por el comercio con los países asiáticos bañados por el Pacífico, especialmente con el milenario Imperio chino, se remontaba a épocas muy antiguas. Hasta el siglo XIX el dominio europeo se limitaba al control de bases navales y de algunos puertos en las islas de Sumatra, Java, Borneo y Célebes, primero por parte de los portugueses; después, por los holandeses. Sólo España contaba con una auténtica colonia: Filipinas. La compra de especias (pimienta, canela, clavo, nuez moscada), té, caucho, seda y porcelana suponía una salida importante de oro y plata para los países europeos, que no se compensaba con las ventas realizadas por ellos en esos territorios. El comercio de China con los occidentales estaba muy limitado (al puerto de Cantón, básicamente) y era controlado severamente por la dinastía manchú. Japón se mantenía totalmente aislado.

* Asia central y septentrional. La expansión rusa. 

La expansión del imperio ruso en Asia fue ante todo política. Rusia había ocupado Asia septentrional en el siglo XVII y se dirigió a mediados del siglo XIX hacia las fértiles tierras del Turquestán. A partir de 1880-1890, con la construcción del ferrocarril transiberiano hasta Vladivostok y del ramal transmanchuriano, la presencia rusa se extendió hacia manchuria. 
Los avances rusos en el Turquestan profundizaban la hostilidad con Reino Unido. Ambos países mantenían disputas sobre Persia y las tierras fronterizas de la India (Afganistán, Tíbet). 
Por otro lado, la penetración rusa en Manchuria originó el choque con Japón, que desembocó en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, en la que Rusia fue derrotada. 

* Asia central y meridional. La India británica. 

Ya en el siglo XVIII, los ingleses habían logrado desplazar a sus principales competidores, los franceses, en el comercio con esta región. La falta de unidad política de este territorio, dividido en múltiples estados rivales, facilitó las actividades británicas en esta poblada zona. En principio, los ingleses se conformaron con dominar ciertas áreas estratégicas -con la ciudad de Calcuta, en la región de Bengala, como base fundamental-, con establecer alianzas con varios príncipes indios y lograr el monopolio comercial en la zona a través de la Compañía de las Indias Orientales. 



Paulatinamente fueron ocupando gran parte del territorio, con el apoyo del gobierno británico. Para ello disponía de un ejército de soldado indios encuadrados en el ejército británico, los cipayos. Pero en 1857-1858, los cipayos, ante el desprecio de los oficiales británicos por sus creencias religiosas, se sublevaron. La revuelta obligó al gobierno británico a reorganizar la administración colonial. La Compañía fue suprimida y la India pasó a ser administrada según el Acta de Gobierno de la India, por la que se establecen una administración directa de la corona británica, que ejercía el gobierno mediante un virrey, y la reina Victoria fue proclamada emperatriz en 1877. Las reformas administrativas, económicas, educativas, sociales y militares hicieron de esta colonia la más clara muestra del esplendor británico. Al mismo tiempo,  se produjo la extensión del dominio británico a otras áreas (los ríos Ganges e Indo y la isla de Ceilán). 

Para poder garantizar una zona de seguridad Gran Bretaña, además, «aseguró» las fronteras de la India ocupando la frontera de Afga­nistán, al oeste, frente a los rusos y Birmania, al este, como defensa, frente a los franceses (estos últimos con colonias en Indochina). Birmania fue convertida en un protectorado desde 1886 y  se establecieron en la zona suroriental los sultanatos del centro y sur  de Malasia y Singapur (ciudad que dominaba el estrecho, controlando un paso fun­damental que comunicaba el océano índico con el Pacífico) entre 1870 y 1885. 

A partir de entonces, la India se convertirá en el modelo imperial por excelencia del siglo XIX. La gran prioridad de Gran Bretaña en política exterior será la defensa de las rutas marítimas y terrestres hacia la India, especialmente el canal de Suez y el mar Rojo, pero también el cabo de Buena Esperanza y el océano índico en su conjunto

Asia suroriental. La Unión General de Indochina francesa. 

Francia desembarcó en 1858-1860 en Indochina en el delta del Mekong con la excusa de proteger a los misioneros católicos que allí había. Se firma un tratado con el rey de Annam, que cedió a Francia las tres provincias orientales de Cochinchina. La intención de la metrópoli es controlar el delta del Mekong y del Song Koi o río Rojo para hallar una vía de penetración en el mercado chino. En 1887 se constituyó la Unión General de Indochina (formado por Annam, Tonkín, Cochinchina y Camboya), a la que, en 1893, se incorporó Laos. 
Al final de siglo Francia ya dominaba la zona, amenazando a la India y haciendo frontera con China. En Indochina permanecía sólo independiente el reino de Siam (actual Tailandia), como Estado-tapón entre las posesiones británicas y francesas. Su neutralidad se acordó en 1893, aunque con algunos recortes de soberanía. 

El caso de China. 
China fue el gran objetivo comercial de las potencias europeas y Estados Unidos, primero, y de Japón, después. La rivalidad entre las potencias era tan grande, que China pudo conservar su independencia, al menos en teoría. 

Los británicos pretendían compensar su deficitario comercio con China mediante la venta de opio cultivado en la India. Las autoridades chinas, que acusaban a los occidentales de promover el consumo de opio entre su pueblo, intentaron, por todos los medios, impedir su importación, confiscando la mercancía. Los británicos, decididos a introducir sus manufacturas en China, aprovecharon este conflicto y recurrieron a su marina de guerra para humillar a China en la llamada «primera guerra del opio» (1839-1842). Tras ésta, no sólo se reanudó el comercio de este producto, sino que China cedió Hong-Kong a Gran Bretaña como base comercial exclusiva y le concedió permiso para comerciar en una serie de puertos, entre ellos Shanghai. Aún habría una «segunda guerra del opio» (1856-1858), en la que Gran Bretaña, con el apoyo de Francia, obtendría más concesiones de China.

Esta política de presión occidental sobre China aumentó a lo largo del siglo XIX, ampliándose el número de puertos abiertos al comercio y de países beneficiados. La década de 1880 marca el comienzo del reparto del territorio chino, especialmente las derrotas ante Francia (1884-1885) y Japón (1894-1895) tras las cuales los emperadores cedieron el control a las potencias extranjeras. Gran Bretaña, Estados Unidos, Rusia, Francia, Alemania y Japón  compiten por obtener «las riquezas chinas» y se reparten el territorio en zonas de influencia (Francia al sureste, Gran Bretaña al sur y en el Yang-Tse, Rusia y Japón en el noroeste, en torno a Manchuria, y Alemania e Inglaterra en la península de Shantung) para la explotación de ciertos recursos (minas y ferrocarriles). 


Sin embargo, el régimen político chino no se derrumbó y, dada la gran extensión, la elevada densidad de población del país y la hostilidad de sus habitantes, los cuales promovieron durísimas rebeliones nacionalistas y xenófobas entre 1898 y 1901 como la revuelta de los boxers en 1900-1901.

Las grandes potencias no se decidieron a repartirse el viejo Imperio. Las rivalidades y recelos entre ellas (como en el caso turco) eran más fuertes que cualquier hipotética ventaja. Esta independencia política no impidió el endeudamiento total del gobierno chino como consecuencia de la petición de préstamos a los occiden­tales (cobrados por éstos mediante el arriendo de los impuestos y concesiones en la minas y ferrocarriles chinos), ni que la sociedad china tradicional resultara profundamente erosionada. En 1911 se produjo una revolución que fundaría una República de corte liberal y moderno, cuyo objetivo sería reformar política y socialmente el país y liberarlo de la dependencia de las potencias occidentales.

El Asia austral. 

En Asia austral también encontramos la presencia de Holanda que afirmó su administración sobre las Indias holandesas (actuales Indonesia y parte oriental de Nueva Guinea), y Alemania que se anexionó Nueva Guinea oriental y las islas Marshall, Salomon, Carolinas y Marianas.  No obstante, la zona estaba dominada por Gran Bretaña que poseía los dos territorios más importantes, Australia y Nueva Zelanda, colonias de poblamiento donde van arrinconando y aniquilando, lenta pero sistemáticamente, a la población nativa (australianos y maoríes respectivamente).  Ambas colonias recibieron inmigrantes de forma constante durante todo el siglo XIX y se convirtieron en auténticos estados autónomos dentro del Imperio británico.

Los archipiélagos menores del Pacífico, de escaso interés comercial, fueron utilizados por misioneros, balleneros y marinos como bases para sus operaciones, y se repartieron entre las potencias muy tardíamente, como consecuencia de la rivalidad entre éstas. Los países que tradicionalmente habían estado presentes en estas zonas del Pacífico eran Gran Bretaña —Fidji— y Francia—Tahití—, pero la incorporación de Alemania y Estados Unidos obligó a realizar repartos y acuerdos:

■  En 1885 la isla de Nueva Guinea fue dividida en tres áreas (holandesa, británica y alemana).

■  En 1898, tras el reparto del imperio español, Filipinas y Hawai pasaron a manos estadounidenses.

■  Las islas Carolinas y las Marianas pasaron a Alemania.

■  Las islas Samoa fueron repartidas entre Alemania y EE UU. Gran Bretaña recibió las islas Tonga como compensación.